Ética, memoria del pasado en fondos de bibliotecas (1)

Entendemos por ética en los profesionales de los centros de la memoria, como son las bibliotecas, un conjunto de valores y normas que dirigen su quehacer diario que también tiene su expresión en la formación, desarrollo y acceso a las colecciones. La mayoría de estos procesos están automatizados o dependen de servicios externos (empresas) a los centros, así ocurre por ejemplo en la adquisición de libros de muchas redes bibliotecarias. Hasta tiempos recientes era al profesional bibliotecario al que competía ocupar tiempo en observar la idoneidad y calidad de los documentos que componían su fondo. ¿Qué entendemos por calidad de los documentos? Respecto al pensamiento y la creación, aquellas fuentes de la memoria cultural que es parte de una comunidad y hay que proteger y difundir. Fuentes que testimonien hechos que son parte de dicha comunidad y forma de sentir y pensar.

Quema de libros

En las bibliotecas españolas se especifica como principio fundamental de las mismas el acceso a la información, la educación y la cultura (Ley 10/2007). Sin embargo, en la actualidad vemos que se rehúyen temas que traen controversia, tal es la memoria histórica del pasado y más si este es conflictivo, mientras que, al contrario, se fomentan colecciones y actividades encaminadas al ocio elemental o atraer a más visitantes como objetivo per se, pura estadística.

¿Por qué una ética de las colecciones en bibliotecas?

Recientemente hemos asistido a casos, en bibliotecas de diversos países, que ponían de relieve la cuestión de la ética en el desarrollo de las colecciones. En 2013 un colectivo ciudadano se quejaba del fondo de la recién estrenada Biblioteca Ana María Matute de Carabanchel (Madrid), entre otras cosas por tener una biografía del dictador Francisco Franco en la sección de Teoría Política. En Alemania surge la duda en las bibliotecas de incorporar el Mein Kampf de Hitler, la edición crítica publicada en 2016 y que ha sido un éxito de ventas en aquel país y otros. En Estados Unidos tenemos la Banned Books con decenas de libros censurados por sus supuestos contenidos inapropiados, al que se ha sumado Las aventuras de Huckleberry Finn o Matar a un ruiseñor ante el escándalo de una madre y su hijo al que no le gustaba el lenguaje peyorativo de las obras, pero dicho lenguaje es el de una época parte de la historia de Estados Unidos y ayuda a criticar al racismo. En China se prohíben los libros sobre viajes en el tiempo, sin más. Son algunos ejemplos.

La confusión se apodera de los profesionales de las bibliotecas y la documentación porque no existe un código deontológico único o unas directrices de adquisición de fondos reconocidas, claras, universales. Sí hay códigos en algunas instituciones o redes bibliotecarias, aunque más bien se habla en ellos de otros temas (libertad intelectual, compromisos con los usuarios, relación entre trabajadores). Se requeriría el establecimiento de grupos de trabajo que pudieran orientar sobre selección de fondos de manera rigurosa; la redacción de consejos al respecto; poder acometer la adquisición de fondo de una manera razonada, en base a las recomendaciones de especialistas en diversas materias. La Federación Internacional de Asociaciones de Bibliotecarios y Bibliotecas (IFLA en su acrónimo en inglés) posee un Grupo dedicado a la Libertad de acceso a la información y Libertad de Expresión (FAIFE) donde elaboran documentos de consulta y un Código Ético para Bibliotecarios y Otros Trabajadores de la Información (2012). El artículo 5 de éste establece que:

Los bibliotecarios y otros trabajadores de la información definen y publican sus políticas de la selección, organización, conservación, disposición y diseminación de la información.

Creemos que la realidad es algo diferente, muchas veces esta selección es ajena a la voluntad del profesional, viene impuesta por otros parámetros económicos, de comodidad y modas pasajeras, de discursos ya dados.

¿Por qué la memoria del pasado en bibliotecas?

El acceso a la información y la cultura que conforman la comunidad, conocer la historia y los procesos que han llevado a su realidad, no debería ser opción de una biblioteca, sino una obligación. Muchos de estos procesos históricos han sido traumáticos, dolorosos o, como ocurre en el caso de genocidios o guerras civiles, nunca llegan a cerrarse. Sin embargo es necesario que la sociedad los conozca para así superarlos, tenerlos como propios. Tampoco hay que engañarse: publicar o difundirse en los mass media muchos productos sobre o basados en algún hecho histórico no es sinónimo de ocuparse de forma rigurosa de él, más bien se tiende a banalizar y apartarlo de sus parámetros reales. Recordemos la reciente edulcorada serie televisa sobre Serrano Suñer.

Así, hablamos de la memoria del pasado cuando unos hechos históricos de una comunidad, por lo general políticos pero también sociales, económicos o naturales –piénsese en las catástrofes medioambientales- pasan a formar parte del patrimonio inmaterial de la actualidad, conformando a esa comunidad desde diversos sentimientos, de la culpa a la necesidad de compensación, pasando por reconocer a las víctimas. En el caso que nos ocupa de los fondos de las bibliotecas, se plasma en lo material en un patrimonio tangible: la colección (Gil-Durán, 2015).

Teniendo en cuenta asuntos que atañen a la profesión del bibliotecario como la diversidad cultural, la inmigración, la atención a la población desfavorecida por la crisis económica, el analfabetismo digital. Cuestiones todas ellas donde las bibliotecas han hecho un esfuerzo encomiable hasta ahora, la ética en las colecciones también merece ser tratado. En España existe la eterna polémica sobre la memoria del pasado de la Guerra Civil y sus consecuencias. La Ley de la Memoria Histórica 52/2007 establecía en su primer artículo que se debía fomentar una política pública de conocimiento de la Guerra Civil y la Dictadura de Franco articulada en torno a valores y principios democráticos. ¿Cómo se trasluce esto en bibliotecas y centros de la memoria? No han sido pocas las cuestiones que aparecen en los medios de comunicación sobre la documentación y su acceso. En la mayoría de las bibliotecas, saturadas hasta la saciedad de la “última novela” ambientada en la Guerra Civil, todo son dudas o no ocuparse. Así ¿Cómo tratar el asunto? ¿Qué obras y sobre qué personajes? ¿Qué libros y autores merecen la pena tener en las baldas, ya sean físicas o virtuales? ¿Cómo responder a la demanda de información si no atendemos antes a estas cuestiones? ¿Cómo interpretar esos valores y principios democráticos? ¿Es conveniente realizar actividades en torno a nuestra memoria del pasado? ¿Clubes de lectura? ¿Qué libros entonces? ¿Exposiciones? Esas preguntas no son más que el reflejo de un debate ético sobre la colección, creemos acertadas las palabras del profesor Pedro López sobre la responsabilidad del profesional en España (López, 2007):

En nuestro país, este proceso viene a ser concurrente con la pervivencia de lo que ha venido a llamarse el “franquismo sociológico”, consistente básicamente en una actitud sanchopancesca de conformismo y resignación con “lo que hay”, de concebir lo profesional alejado de su dimensión social.

Podemos mirar a otros temas parecidos y países. Tenemos el Holocausto, del que anualmente se hacen campañas mundiales de sensibilización y enseñanza, mientras el negacionismo del genocidio sigue disponible con sólo hacer un clic en Internet y los niveles de antisemitismo son inaceptables. En bibliotecas hay algunas iniciativas, pocas en España (Fernández, 2014), pero bastantes en otros países como Francia o Estados Unidos, con la publicación de libros de autores solventes, presentación de testimonios, jornadas y exposiciones en torno a este genocidio.

Es precisamente en Estados Unidos donde más abundan los dilemas éticos en las colecciones de sus bibliotecas, señal del interés de sus profesionales. Por ejemplo, en lo pertinente en las bibliotecas científicas o académicas con el fenómeno del creacionismo (Highby, 2004), el genocidio de los nativos americanos o la segregación de los afroamericanos (Wiegand, 2015), aparte de la lista de Banned Books ya comentada. Otros temas éticos son los contenidos religiosos en las colecciones de las bibliotecas (Sturges, 2015) que llevaron, como muestra, al peligro de destrucción de algunas bibliotecas tan valiosas y antiguas como la de Tombuctú (Mali).

La ética sobre la memoria del pasado en las colecciones de las bibliotecas obliga a saber elegir, interpretar y difundir, pero hoy día el profesional de la información, en la vorágine del ritmo actual y la falta de referencias, se encuentra en primer lugar ante la dificultad de hacer su trabajo con sosiego, reflexivamente, paso imprescindible para tomar una buena decisión.

La libertad intelectual

Un pilar básico de las profesiones relacionadas con la documentación. Qué duda cabe que el tema de la libertad intelectual está en estrecha relación con las obras sobre la memoria y su incorporación a las colecciones de las bibliotecas. Uno de los valores deontológicos de los profesionales de la información es el respeto y defensa de la libertad intelectual de los autores y sus obras. ¿Cómo se determina en el marco de esa libertad el derecho del usuario a recibir una información veraz y contrastada? En el caso de una novela se puede optar por adquirirla o no según su calidad literaria, pero en el caso de ensayos u obras científicas el criterio es diferente, ¿Hasta dónde llega la libertad intelectual de los autores? ¿Es un principio bibliotecario sin importar contenidos?

Desarrollada en los artículos 18 y 19 de la Declaración de Derechos Humanos, en la libertad intelectual se han escudado autores con obras perniciosas, contrarias a esos derechos humanos y a los valores democráticos que rigen nuestra sociedad. En nuestra opinión, cuando están en juego éstos, el bibliotecario no puede ser imparcial o neutral. Por desgracia, esto en algunos países a veces cuesta represalias como ocurre con la detención de Natalya Sharina, directora de la Biblioteca Estatal de Literatura Ucraniana de Moscú, acusada de tener “literatura extremista” e “incitar al odio”. El delito concreto es que en los fondos de su biblioteca hay obras de Dmitry Korchinsky, líder ultranacionalista ucraniano. ¿Libertad intelectual?

Cuando en las bibliotecas sus profesionales encuentran una obra que se ampara en la libertad intelectual para otros fines como pueden ser la divulgación de ideologías totalitarias, la tergiversación consciente de la memoria del pasado, difundir posicionamientos racistas, homófobos, misóginos, etc… son esas bibliotecas y sus profesionales los que deben intervenir (López, 2013):

El resultado final no puede ser una ética profesional colectiva de menor calado social que las éticas individuales que la hacen posible. Es decir, en palabras populares, no se debería poder escurrir el bulto ante problemas sociales bajo el escudo de la neutralidad profesional.

Un caso paradigmático de la utilización de la libertad intelectual con fines contaminantes lo constituye el conocido negacionista del Holocausto David Irving, condenado en 2007 a prisión en Austria, ya que en la legislación de varios países europeos el negacionismo y su difusión es delito. En otros países, como España, la proliferación de obras de este tipo en las baldas de las bibliotecas, incluyendo las de Irving, son más comunes de lo que parece, incluyendo ediciones del Mein Kampf. En 2012 un joven mallorquín planeó una matanza en una universidad motivado por haber leído el libro de Hitler en una biblioteca pública. Otro ejemplo de dudosa libertad intelectual y cierta incitación al odio: en 2010 se pidió la retirada de las bibliotecas públicas vascas del llamado Manual del torturador español  de Xabier Makazaga.

Tecnicismo frente a responsabilidad social

Como sugería el profesor Pedro López, es cómoda una profesión donde desde el punto de vista técnico se puede justificar el puesto. No es que este trabajo técnico sea prescindible, claro, habrá que catalogar, registrar, clasificar, conocer las diversas aplicaciones y procedimientos, pero no debería ser el centro de la vida de una biblioteca. Refugiarse en el tecnicismo, que impide otras iniciativas, cercena la función social y de difusión de la información propia del bibliotecario. Cuando nos centramos en los procedimientos, la normativa y los saberes técnicos huimos del resto de responsabilidades de la profesión, en primer lugar de preguntarnos el por qué o el para qué. Nos alejamos de uno de los valores más reconocibles desde los antiguos copistas de los monasterios: conocer de primera mano las fuentes y seleccionar una obra para nuestro fondo porque consideramos, con razones fundadas, que es idónea para nuestros usuarios. El tecnicismo, en palabras del sociólogo norteamericano Herbert Irving Schiller (Schiller, 1995) es:

La nueva manera de alcanzar estatus y respeto [por parte de los bibliotecarios] es concentrándose en la maquinaria de la información, la producción y la transmisión. Cuando este acento se convierte en el único, se quiera o no, la base social de la profesión y las necesidades de la mayoría de la gente quedan desatendidas.

Es encomiable y necesario el esfuerzo que hacen los profesionales de las bibliotecas para formarse y adquirir conocimientos técnicos que permitan hacer llegar al usuario mejor la información que demanda, pero a veces por exceso –con una cantidad de datos superflua o redundante que lleva tiempo y consume más recursos de los necesarios- o por defecto –errores en los catálogos, obras mal clasificadas o que no deberían estar ahí porque sencillamente el catalogador no ha querido o no ha tenido tiempo de hojearla, lo que se supone es su responsabilidad- lo cierto es que el tecnicismo hace que nos olvidemos de otros trabajos intelectuales, como la conformación del fondo, trabajos quizás menos mecánicos, más fatigosos, pero muy necesarios.

Sumar registros uno tras otros para engordar las estadísticas, con el fin de promocionar novedades a toda costa, con servicios de adquisición de obras ajenos al control del bibliotecario, encomendados muchas veces a empresas, ya sean editoriales, distribuidoras o generadoras de productos tales como bases de datos, es un hándicap para la necesidad de una selección pausada y pautada en cualquier tema, más aún en el campo de la memoria del pasado, susceptible de publicarse mucho y no todo válido.


Gil-Duran, Núria (2012). “La memoria del pasado como patrimonio inmaterial”. En: Santacana Mestre, Joan; Llonch Molina, Nayra (eds.). El patrimonio cultural inmaterial, pp. 109-116. ISBN: 978 84 9704 899 6

Highby, Wendy (2004). “The ethics of academic collection development in a politically contentious era” Library Collections, Acquisitions, & Technical Services, Winter, v. 28, i. 4, pp. 465-472.

López, Pedro (2013). Ética y derechos humanos en bibliotecas y archivos. Madrid: Federación Española de Asociaciones de Archiveros, Bibliotecarios, Arqueólogos, Museólogos y Documentalistas (ANABAD). ISBN 978 84 88716 51 4

Schiller, Herbert Irving (1995). Information Inequality: The Deepening Social Crisis in America, New York, Routledge, ISBN 978 0 415 90764 4

Sturges, Paul (2015). “Blasfemia y difamación de las leyes religiosas. Implicaciones para los medios y los bibliotecarios” El profesional de la información, v. 24, n. 3, pp. 338-344.

Wiegand, Wayne (2015). “Tunnel Vision and Blind Spots” Reconsidered: Part of Our Lives (2015) as a Test Case” Library Quaterly: Information, Community, Policy, v. 85, n. 4, pp. 347-370.